Hoy se cumplen 97 años del martirio del Beato Miguel Gómez Loza, Gobernador Civil de los territorios cristeros en Jalisco. Amigo entrañable de Anacleto González Flores y generoso organizador de los obreros católicos.

21 de marzo de 2025.- Hoy queremos recordar al gran Miguel Gómez Loza, incansable defensor de la Iglesia y generoso organizador de obreros y campesinos. Compartimos un fragmento del libro Cien años de Piedad, Estudio y Acción. Historia de la ACJM en Tepatitlán de Morelos, Jalisco, con la biografía del mártir Gómez Loza martirizado en Atotonilco el Alto, Jalisco, el 21 de marzo de 1928.
Miguel nació en la ranchería de Paredones que por entonces pertenecía a Tepatitlán, Jalisco (hoy forma parte de la municipalidad de Acatic), el 11 de agosto de 1888. Nació y creció en el campo, hijo de un ranchero y de una mujer piadosa que inculcó con fervor la fe a sus hijos. Es Miguel el producto de una región que, como describe Gómez Robledo en su libro El Maestro, “encierra uno de los núcleos de población más vigorosos, física y moralmente mejor dotados, de toda la República”[1].
Su padre trabajaba el campo, era un extraordinario jinete y aunque la vida se le fue antes de ver crecer a sus hijos, parece que los genes se impusieron e hicieron de Miguel otro jinete de enormes cualidades. Se dice que un día, cuando Miguel apenas tendría un año de edad y su hermano Elías cinco, su padre llevaba a ambos montados a caballo cuando otro ranchero del pueblo le preguntó con ironía al orgulloso padre: “¿A qué apuestos señores lleva usted consigo?”, y el padre de Miguel contestó como si presintiera en el corazón el destino de ese par de niños: “A un cura y a un licenciado”; sellando así el destino al que fueron llamados Elías, el cura y Miguel, el abogado.
Cuando crecieron, su hermano mayor Elías sintió el llamado al Sacerdocio y partió a encontrar la respuesta a su vocación al Seminario de Guadalajara; antes, solicitó a su madre y a su hermano el favor espiritual, y en lo posible material, para sostener sus estudios. Miguel, aunque muy joven todavía, entendió su responsabilidad frente a la vocación de su hermano y se quedó para llevar los trabajos del rancho y para ser, desde ese día y hasta que Elías culminó su formación, el soporte de su madre.
De Miguel se ha dicho que era un apasionado de Cristo. Guardaba en su corazón una especial devoción a la Virgen del Refugio, que le fue inculcada por su madre y por la dedicación del sacerdote que fungía como vicario de su pueblo. De esto da testimonio un obispo que fuera amigo de Miguel, don Vicente M. Camacho, Obispo de Tabasco, quien en 1942 escribe una semblanza de quien fuera su admirado amigo:
“Cuando lo conocí traía en su blusa (era entonces un charrito) sobre su corazón, un botoncito con la imagen de la Virgen del Refugio; ahí lo ostentó siempre hasta cuando en la ACJM fue perseguido. Entonces en su solapa brillaban siempre el distintivo de esos valientes (se refiere el fistol de la ACJM) y el botoncito amado... siempre sobre el corazón del hijo amante de María”[2].
Muy de mañana Miguel acompañaba al mayordomo del rancho a la ordeña, aunque religiosamente a mitad de la jornada Miguel se hacía un espacio para visitar el templo o, al menos, rezar sus oraciones en casa. Transcurrieron sus primeros años en el campo, cercano siempre a su madre: de la escuela parroquial al templo para luego aplicarse en la larga jornada del ranchero.
Si algo siempre destacó en Miguel fue su capacidad de dominio propio y de autodeterminación. Algunos biógrafos han destacado su “santa cólera” y su temperamento impulsivo, lo refieren como un arrebatado y, a veces, hasta extralimitado. No es así; un primo suyo, con quien Miguel creció en Paredones, lo describe con toda franqueza: “Era Miguel un prodigio de fortaleza, huracán incontenible, torrente embravecido, león indomable, gigante del ímpetu sin medida, y todo siempre y en todas partes al servicio de la verdad y del bien”.
En su pueblo iniciaría sus días de desafío al liberalismo secular. La escuela parroquial fue cerrada por órdenes del gobierno, acusándola de propagar “la doctrina oscurantista de los curas” –entiéndase, la educación en los valores cristianos– y se abrió en la casa de un vecino de Miguel, empleado de la comisaría del pueblo, la nueva escuela, con profesores enviados desde la capital para aplicar en aquel pueblo alteño el programa educativo liberal que los gobiernos de entonces imponían en sus campañas oficiales. En esa habitación, que fue adecuada como aula, quedó colgada una imagen de la Virgen de Guadalupe que, aunque pertenecía a los moradores de la casa, éstos no se atrevieron a quitar por el peso del remordimiento que el prestarse al proyecto gubernamental les dejaba. Los profesores, liberales y serviles al gobierno, aunque católicos medrosos, dejaron la imagen de la Madre de Dios pero, en congruencia con su tarea de ensalzar al “padre del liberalismo”, Benito Juárez, colocaron por encima de la Guadalupana la imagen del ex presidente de México. Miguel esperó paciente a que se retiraran los nuevos profesores y, acercando su caballo a la puerta del aula improvisada, se puso de pie sobre el lomo del caballo y de un brinco arrebató el retrato de aquel que los liberales tanto ostentan. Montó en su caballo, amarró la imagen de Benito Juárez a un lazo y la arrastró por el empedrado de las calles hasta quedar destruida. Así se cuenta el inicio de un desencuentro que lo acompañó toda la vida, el de Miguel y Benito Juárez.
La cosa no paró ahí, pues luego de recibir la reprimenda del comisario, Miguel decidió abrir en su domicilio la escuela parroquial hasta que su perseverancia obligó al comisario a cerrar la escuela oficial con que pretendían desterrar la instrucción religiosa del pueblo de Paredones.
Fue del intercambio de cartas con su hermano Elías, quien desde el Seminario estudiaba sociología y otras ciencias, que Miguel extrajo las ideas para sus obras sociales. Elías conoció por sus estudios obras sociales emprendidas por católicos en otros países motivados por la Doctrina Social de la Iglesia, y se las explicaba a Miguel, quién además de estudiarlas y pedir el consejo al párroco, las ejecutaba con generosidad. De esta forma Miguel promovió unas “Boticas populares”, que ayudaron a enfrentar una severa epidemia en su pueblo. Surgieron también cajas de ahorro, cooperativas y otras tantas formas de economía solidaria.
En estas cartas queda en evidencia su, ya por entonces, cercana relación con don Miguel Palomar y Vizcarra, amigo del Padre Bergöend y promotor de las Cajas de Ahorro y Préstamo Sistema Raiffeisen, que se propagaron en Jalisco y otras regiones como respuesta a la usura en el campo mexicano. Queda constancia también de sus frecuentes visitas a Tepatitlán. Así se lo dice su hermano Elías en sus cartas: “Deseo que me digas cómo va su mutualista y su caja, así como también la ida de los licenciados Vizcarra y García; de desear es que en su ida den un movimiento social a Tepatitlán, del que resultará por lo menos la fundación de un periódico... pues creo a don I. Sánchez muy capaz para director”[3].
En una de esas cartas Elías invita a Miguel a fortalecer su amistad con Anacleto González Flores, al decirle: “A no ser que quieras dedicarte al estudio y en ese caso Dios me socorrerá para sostenerte; creo que llevando clases particulares podrías, en tres años, aprender la preparatoria y en otros tres o cuatro jurisprudencia, si acaso te agrada y crees así servir mejor a la buena causa. Unido con Anacleto podías hacer algo; cultiva su amistad, ya que te muestra simpatía”.
Miguel se integró al Partido Católico Nacional, invitado por Palomar y Vizcarra. En las elecciones de 1912, donde el PCN se llevó todas las diputaciones y muchas alcaldías de las disputadas a los liberales, Miguel fungió como representante de casilla en su pueblo, y fue necesario que a puño cerrado obligara a los enemigos de la democracia a la retirada, pues éstos pretendían robar las urnas en las que era previsible el triunfo del Partido Católico que, gracias al empeño de Miguel, gozaba de amplia aceptación en la región alteña.
La llegada en 1913 como nuevo Arzobispo de Guadalajara de don Francisco Orozco y Jiménez permitió que Elías Gómez Loza fuera ordenado sacerdote y designado como vicario en su pueblo natal, Paredones. Por eso, una vez que su hermano Elías se instaló como vicario, Miguel le encomendó el cuidado de su madre y partió hacia Guadalajara, a continuar sus estudios en el Seminario Menor.
Aunque estudiaba en el Seminario Menor, Gómez Loza participaba en las actividades del Partido Católico Nacional, por lo que sus superiores, de manera sutil y entendiendo la irrenunciable vocación social de Miguel, lo invitaron a que se inscribiera en una escuela privada para continuar sus estudios y, de esta manera, pudiera participar sin restricciones en sus actividades político electorales y en todos los innumerables compromisos apostólicos que había asumido tras llegar a Guadalajara; Miguel se inscribió entonces en la Universidad Morelos, donde concluyó sus estudios de Preparatoria.
A su salida del Seminario Miguel se trasladó a vivir a la casa donde otros estudiantes alteños se alojaban, La Gironda, ubicada en la calle Santa Mónica, del barrio del Santuario. Ahí estrechó su amistad con Anacleto, con quien compartía su amor por la Eucaristía y con quien aprovechaba para profundizar en algún texto, o junto con otros girondinos dar catecismo a los niños del barrio, a los que atraían con la melodía de un fonógrafo que él y Anacleto compraron con serias dificultades.
En 1916 Miguel se abocó, como Anacleto González Flores, Jorge Padilla, Pedro Vázquez Cisneros, Efraín González Luna y otros católicos, en consolidar la ACJM. Miguel sentía una necesidad particular de trabajar con los obreros, a quienes llamaba “mis muchachitos” y fundó círculos y sociedades de obreros; unos de jóvenes que formarían parte de la ACJM y otros de adultos, que integraría en mutualistas de obreros católicos. Promovió la prensa católica como el que más; en ella escribía orientaciones para obreros católicos, pero su labor, más que escribir, se centró en ejecutar los proyectos editoriales, en acercar los insumos, en distribuir los impresos, en administrar los recursos. En el semanario La Palabra, que dirigía su amigo Anacleto, es común encontrar anuncios de la publicación de textos, como “La cuestión religiosa en México” de Regis Planchet o “La cuestión religiosa en Jalisco”, escrito por Anacleto y donde Miguel se anunciaba como el contacto para solicitar ejemplares.
Terminada la Preparatoria se inscribió en la Escuela Libre de Leyes, que contaba con destacados católicos como docentes. Sin embargo, nada impedía a Miguel continuar con su labor social y funda, junto con otros obreros, en 1917, la sociedad cooperativa La Popular. En su labor de presidente, Miguel no sólo administraba las tareas de la cooperativa, sino que participaba en congresos de obreros católicos para fomentar las grandes lecciones de la Doctrina Social de la Iglesia. En 1917, luego de participar como orador en una reunión del Centro de Obreros Católicos, Miguel se dirige a los accionistas reunidos, obreros todos, diciendo:
Cada día llegan a nuestro conocimiento nuevas fundaciones de cooperativas de consumo, de producción, mutualistas y sindicatos. En la vecina fábrica de Río Grande, cercana a Juanacatlán, han tenido lugar grandes y trascendentales sucesos. Era ahí uno de los lugares donde los ‘mundiales’ (se refería a la Casa del Obrero Mundial, de filiación socialista) hacían su agosto. Tanto sufrimiento, tanta vejación por parte de los llamados amigos del obrero, hicieron que los católicos decidieran organizarse, logrando tener mayor número de representantes ante la fábrica y ante el gobierno.
Entre la ACJM, los círculos de obreros, las cooperativas, la prensa católica y sus estudios, Miguel todavía se daba tiempo para insistir en las tareas político electorales. En una reunión de la asociación, antes de las elecciones de 1921, Miguel tomó el carnet de un compañero acejotaemero y escribió en la parte de atrás: “Los católicos que no quieran tomar parte en la política deben apresurarse a comprar sus enaguas, pues es el vestido que les corresponde”. En honor a esto, hay una anécdota digna de contarse: Miguel, siendo representante de casilla, se topó en esa casilla que vigilaba, al joven aún, pero furibundo anticatólico liberal y masón, José Guadalupe Zuno, quien dándose cuenta de que la elección no le era favorable, arremetió con violencia, ayudado por unos cuantos esbirros con intención de robarse la urna llena de votos; se la llevaron y se atrincheraron en una finca vecina. Miguel, que había intentado defender las urnas, no tuvo más remedio que tomar la bandera que señalaba el domicilio de la casilla, pedir a los vecinos prestados otros muebles y armar unas urnas improvisadas en las que los ciudadanos siguieron manifestando sus votos, instalándose a mitad de la calle, a la vista de todos. Guadalupe Zuno, el agente del gobierno, al darse cuenta del desafío de Gómez Loza, sale a la calle, se dirige a las urnas improvisadas e increpa a Miguel, quien, aunque buscó defenderse, fue superado en número y las urnas nuevamente destruidas. A Miguel no le quedó más remedio que retirarse, luego de debatir y dejar en ridículo a aquel liberal que llegaría a Gobernador de Jalisco, no sin antes advertir: “¡El voto dejará de ser alguna vez pasto de rufianes![4].
En 1922 Miguel presentó su examen profesional, el mismo año en que lo hiciera Anacleto. Fue en esa misma época el ataque a balazos y navajazos que obreros comunistas perpetraran contra obreros católicos mientras eran arengados por Miguel en el jardín de San Francisco; el resultado fueron decenas de heridos y, al menos, cuatro muertos. Esta acción entristeció a Miguel; sin embargo, en ese tiempo se empeñó en la organización del Congreso Nacional Católico Obrero que traería como resultado la fundación del Banco Crédito Popular y de la Confederación Nacional Católica del Trabajo.
Apenas quince días después de que su amigo Anacleto se uniera en matrimonio, Miguel haría lo mismo el 2 de diciembre de 1922, presidiendo la ceremonia su hermano, el Padre Elías Gómez Loza. También asistió su amigo Vicente Camacho que llegaría a ser Obispo de Tabasco en tiempos en que gobernó el tirano y feroz anticlerical del sur de México, Tomás Garrido Canabal.
Luego de su matrimonio Miguel decide trasladar su domicilio a la población de Arandas, Jalisco, con objeto de expandir la defensa de la libertad religiosa por los Altos de Jalisco. Pronto, Miguel se puso en contacto con el párroco, con quien organizó rápidamente innumerables obras sociales y religiosas, además de establecer su despacho de abogado. En 1923, asumió el Gobierno del estado el mismo político liberal con quien Miguel se había encontrado en elecciones previas en el barrio del Santuario, José Guadalupe Zuno. Quizá fuera una casualidad, pero a los pocos días se presentó en la oficina de Miguel, en Arandas, un batallón de soldados que lo apresó y lo trepó a un camión que avanzó rumbo a Jesús María, donde se pretendía fusilarlo. Al final, tal fusilamiento resultó un teatro, cuyo objeto fue amedrentar a Miguel, quien fue entregado a las fuerzas rurales en la frontera de Guanajuato. Éstas le advirtieron al alteño, bajo amenaza de muerte, que si era visto de nuevo pisando suelo jalisciense sería, ahora sí, fusilado.
No obstante que Miguel estuvo más o menos tres meses en Jalpa de Cánovas, Guanajuato, en la organización de la ACJM y de la Adoración Nocturna, las ansias por estar al lado de su esposa lo hicieron regresar a Guadalajara, donde lo esperaba su mujer con la noticia de su embarazo. En septiembre de 1923 nació su hija María de Jesús.
A finales de 1924 Anacleto y Miguel se concentran en la formación de un Comité de Defensa que organice, de manera eficaz, los esfuerzos de todas las agrupaciones católicas que existían en el Occidente; así surge la Unión Popular de Jalisco, la cumbre de la organización de los católicos en la resistencia. Fue idea de Anacleto y acción de Miguel, fue su sinergia más efectiva. Más de un año después se funda, en la Ciudad de México, la Liga Nacional de Defensa de la Libertad Religiosa (LNDLR). En ese mismo año Miguel, Anacleto y otros católicos destacados, reciben por concesión del Papa Benedicto XV la condecoración Pro Ecclesia et Pontifice de manos del Arzobispo Francisco Orozco y Jiménez.
Para 1925 la persecución a los católicos, por parte del gobierno, era implacable. Miguel, que según sus biógrafos llegó a estar cincuenta y seis veces preso por causa de la fe, organizó una brigada de abogados para liberar a acejotaemeros y obreros católicos que eran presos todos los días al ser sorprendidos con propaganda católica, particularmente, la que promovía el boicot económico. Mientras tanto, Miguel sería padre por segunda vez: nacería Guadalupe, una hermosa niña.
En 1926 la situación se volvió insostenible para los católicos y, en julio de ese año, el culto fue suspendido como protesta por las disposiciones anticatólicas de la Ley Calles, lo que provocó que miles de católicos tomaran las armas y poco a poco la resistencia civil pacífica, ansiada por Anacleto y Miguel, fue transitando hacia una resistencia armada. Ante esto, Miguel y Anacleto, principales organizadores de la causa católica, se ven obligados a ocultarse de los agentes gubernamentales, hasta que en abril de 1927 Anacleto es encontrado y asesinado en el Cuartel Colorado de Guadalajara.
Miguel Gómez Loza asumió entonces el cargo de Gobernador Civil de Jalisco, la máxima autoridad de los cristeros. Sin embargo, nunca fue un beligerante sino, más bien, un “cooperador espiritual de la causa”. Junto al Ejército Nacional Libertador, Miguel sirvió de autoridad civil a los alzados al mismo tiempo que, junto con su secretario, señor Rafael Martínez, imprimía desde las laderas del Cerro Gordo en Tepatitlán el periódico que iniciara su entrañable amigo Anacleto, Gladium.[5]
En ese entonces, mientras se escondía en las rancherías de Los Altos de Jalisco, le escribía a su esposa cada que su agitada vida se lo permitía y firmaba cada envío con el pseudónimo de Tiburcio González. En una de esas cartas, Miguel le dice a su amada esposa Lupita: “Lo que hagas con las niñas está bien hecho”; como si presintiera Miguel que ya no estaría presente en la formación de sus hijas; aunque, por voz de su secretario, se sabe que en más de una ocasión Miguel convivió por un rato con su familia, que iba a su encuentro hasta su escondite. De la misma forma Miguel enviaba una remesa mensual a su esposa Lupe, en uno de esos envíos adjuntaba el recado: “Te mando cincuenta pesos, veinticinco para ti y veinticinco para mi madre”[6]. Para 1926 nacería la tercera de sus hijas.
En uno de sus viajes a Guadalajara a fin de atender los asuntos de la LNDLR, murió el 21 de marzo de 1928 en el rancho El Lindero, de Atotonilco el Alto. Las versiones sobre cómo ocurrió su muerte no son del todo claras, pues aunque hay quien dice que luego de que un batallón de federales lo sorprendió en una casa abandonada y en la huida recibió un balazo que fue mortal, otros refieren que al ser arrestado por los soldados federales, fue arrastrado, amarrado de una cabalgadura, para que después de estar casi muerto por el arrastre, vaciarle una pistola; en cualquier caso, el asesino fue un soldado federal.
Para finalizar, transcribo una carta escrita por Miguel a un acejotaemero de El Salto, en 1918. Esta carta, escrita en los momentos en que la ACJM se expandía en Jalisco, muestra las motivaciones más arraigadas de Miguel y su empeño por hacer rendir la obra fecunda de la ACJM:
Desde la última que te escribí, muchas y muy grandes cosas han pasado; las que han puesto muy contentos a nuestros enemigos, a nosotros nos han lacerado el alma y nos han hecho pensar de todo lo que son capaces los enemigos de Cristo. Afortunadamente y gracias a Dios, eso que nos ha partido el corazón nos ha hecho también jurar ante el mismo Dios que le seremos fieles y que lucharemos por Él hasta la muerte si es necesario. No sé la impresión que les haya causado la aprehensión del Ilmo. Sr. Arzobispo; pero si esto no los hace de veras consagrarse por la causa de Cristo y luchar sin descanso por Él en la ACJM y demás empresas, no sé entonces qué sea necesario para ello. Hermano: si hasta la fecha hemos trabajado con bastante tibieza, preciso es que desde estos momentos nos decidamos a responder a Dios en las pruebas que nos ha puesto...espero que esto les sirva para trabajar con más ardor. Manden cuanto antes su adhesión y sigan trabajando, tanto en el sindicato como en la cooperativa; pues de esta manera es como de veras podremos hacer algo[7].
[1] Gómez Robledo, Antonio. El Maestro, editorial Impre-Jal, Guadalajara, 2001, p. 23
[2] Citado por Camberos Vizcaíno,Vicente. Un Hombre y una Época. Editorial JUS. México, 1950, p. 80.
[3] Camberos Vizcaíno, Vicente. Op. cit., p. 125.
[4] Camberos Vizcaíno, Vicente. Más allá del estoicismo, JUS, México, 1953, p. 12.
[5] Ibídem, p. 275.
[6] Ibídem, p. 288.
[7] Ibídem, p. 296.
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